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Por qué pican los ojos y la piel en la piscina (y casi nunca es por exceso de cloro)

Si te escuecen los ojos o te pica la piel después de bañarte, lo primero que sueles pensar es «hay demasiado cloro». Pero casi siempre es al revés: el agua que más irrita no es la que tiene más cloro, sino la que tiene más cloraminas.

Entender esa diferencia cambia por completo cómo hay que tratar el problema y evita que sigas corrigiendo en la dirección equivocada temporada tras temporada.

El culpable casi siempre es la cloramina, no el cloro

Las cloraminas son el subproducto que se forma cuando el cloro reacciona con la suciedad orgánica que llevan los bañistas encima. El cloro que añades al agua se llama cloro libre y es el que realmente desinfecta.

Cuando ese cloro libre entra en contacto con sudor, orina, saliva, restos de cosméticos o protector solar, reacciona con los compuestos nitrogenados de esas sustancias y forma cloraminas (también llamadas cloro combinado).

El problema de las cloraminas es que apenas desinfectan y, además, son las principales responsables de la irritación en ojos, piel y mucosas (mucho más que el cloro libre bien dosificado).

Existen tres tipos de cloraminas según cuántos átomos de hidrógeno del amoniaco sustituye el cloro: monocloramina, dicloramina y tricloramina. Esta última es la más volátil y la que más irrita: se libera al aire justo sobre la superficie del agua y es la responsable del característico «olor a piscina» que casi todo el mundo asocia, equivocadamente, con un exceso de cloro.

El olor fuerte a cloro es la pista, no la explicación

Aquí está la paradoja que confunde a la mayoría de personas: cuanto más huele una piscina a cloro, normalmente menos cloro libre activo tiene y más cloramina acumulada.

Una piscina bien tratada, con el cloro libre en su rango y las cloraminas casi a cero, apenas huele. El olor fuerte no es una señal de que hay demasiado producto; es una señal de que el cloro está agotado en su forma activa y lo que queda es, en gran parte, cloramina.

Esto es distinto de la irritación causada por un pH desajustado, que también existe pero tiene otro origen: un pH por debajo de 7,2 vuelve el agua agresiva y ataca directamente ojos y piel, con independencia de cuánto cloro haya. Si ya tienes el pH controlado y el picor persiste, la cloramina es la sospechosa principal, y conviene medirla por separado antes de tocar nada más.

La importancia de la ducha antes del baño

Saltarse la ducha previa es el hábito que más carga orgánica introduce en el agua sin que nadie lo note. El sudor, la grasa de la piel, los restos de crema solar y de productos cosméticos son precisamente la materia prima que el cloro libre convierte en cloraminas.

Una ducha antes de meterte en el agua elimina buena parte de esa carga antes de que llegue a la piscina. Esta es la medida preventiva más barata y la menos aplicada; así que te recomendamos que la pongas en práctica y la expliques a los bañistas ocasionales o invitados a tu piscina.

En piscinas comunitarias o muy concurridas, el efecto se multiplica. A más bañistas sin ducharse, más materia orgánica por metro cúbico de agua… y el cloro libre que en condiciones normales bastaría, se queda corto para asumir esa carga adicional.

Corrige con una cloración de choque

Cuando las cloraminas ya están acumuladas, añadir más cloro a la dosis habitual no soluciona nada. Eso es exactamente lo que ya se ha estado haciendo mientras el problema se instalaba.

La forma correcta de eliminarlas es la cloración de choque, o supercloración: elevar el cloro libre muy por encima del nivel normal durante un tiempo determinado, generalmente al anochecer y con la piscina sin bañistas, hasta romper químicamente las cloraminas y liberarlas al aire en forma de gas.

El principio técnico detrás de esto se conoce como punto de ruptura. Hace falta elevar el cloro libre hasta, aproximadamente, diez veces la concentración de cloro combinado medida en el agua para que la reacción rompa las cloraminas en lugar de generar más. Es una dosis puntual y controlada, no un aumento permanente del tratamiento habitual. Después de aplicarla hay que esperar a que el nivel de cloro baje a su rango normal (normalmente varias horas, a veces hasta el día siguiente) antes de volver a bañarse.

Errores que mantienen el problema activo

El más común es medir solo el cloro total y no diferenciarlo del cloro libre y el cloro combinado. Sin esa diferenciación es imposible saber si el problema real es falta de cloro o exceso de cloramina. Y ambos requieren soluciones opuestas: uno pide añadir más producto, el otro pide un tratamiento de choque puntual. Confundirlos es la razón por la que mucha gente lleva meses «echando más cloro» sin que el picor desaparezca.

Otro error habitual es tratar la cloración de choque como un hábito semanal en lugar de una corrección puntual. Si hace falta aplicarla constantemente, el problema no está en el choque en sí, sino en algo que se repite antes: por ejemplo, poca ducha previa, filtración insuficiente o demasiados bañistas para el volumen de agua.

Aquí  entra la filtración; porque si el tiempo de filtrado no está ajustado a la temperatura del agua y a la afluencia real de la piscina, la materia orgánica se acumula más rápido de lo que el sistema puede retirarla. Así, el cloro libre acaba trabajando contra una carga que un filtro bien dimensionado habría absorbido antes de que llegara a formar cloramina.

Si llevas tiempo con este problema y no consigues identificar si el origen es la cloramina, el pH o la filtración, en Uranor podemos ayudarte. Consúltanos y revisamos tu situación.